

No sabes qué pasa hasta que llaman: La red parece funcionar, pero los problemas aparecen sin aviso. No hay visibilidad real y te enteras cuando el cliente ya está enfadado y el estrés se dispara.
Apagar fuegos consume al equipo: Resets, interferencias, bajadas de velocidad y incidencias repetitivas hacen que el día a día sea reactivo, improductivo y agotador, sin tiempo para mejorar ni crecer.
La red depende de personas, no de una estructura: Configuraciones poco claras, falta de documentación y cambios sin control hacen que todo dependa de quién esté ese día, aumentando el riesgo y la inseguridad.
Cada incidencia pone en riesgo el negocio: Los fallos afectan directamente a empresas, clientes críticos y reputación. La sensación constante es que un problema grave puede comprometer la continuidad del ISP.













